Racimo de Artemio

Prólogo

Hay vidas que transcurren; otras, en cambio, se bifurcan.

Artemio no es un héroe ni un mártir ni un visionario profesional. Es apenas un hombre que mira un almanaque torcido en la pared y sospecha que el tiempo podría estar ocurriendo al revés. Vive en una casa prestada, bajo cláusulas absurdas, entre tablones inestables, cafés sin sabor y contratos que regulan hasta la posibilidad de engendrar hijos. Sin embargo, en esa precariedad —o tal vez gracias a ella— germina una intuición desmesurada: la realidad no es una línea, sino un racimo.

Este libro podría leerse como la crónica de una rareza doméstica. Pero pronto el lector advertirá que el verdadero territorio de la narración no es la casa de campo ni el pueblo cercano, sino la conciencia misma, ese espacio donde lo trivial y lo sobrenatural conviven sin pedir permiso. Un olor a café proveniente de otro plano, una mano que atraviesa la pared, un pelo que crece veinte centímetros en una noche: lo insólito no irrumpe como espectáculo, sino como fisura. Y por esas fisuras se filtra una pregunta antigua: ¿somos únicos o apenas una de nuestras innumerables copias?

Si la literatura de Jorge Luis Borges imaginó jardines de senderos que se bifurcan, aquí asistimos al jardín de los Artemios que se multiplican. Cada decisión —incluso la más mínima, incluso la posición en que un recién nacido es amamantado— inaugura una divergencia. La identidad deja de ser un bloque compacto y se convierte en una proliferación silenciosa. No hay un original seguro: hay versiones.

Pero Racimo de Artemio no es una tesis disfrazada de cuento. Es, ante todo, una exploración irónica y a veces feroz de la vida contemporánea: el trabajo que desgasta, la propiedad que excluye, el contrato que domestica, la familia que juega al borde del abismo. La metafísica no se eleva sobre la tierra; nace del desayuno, del río, del reflejo en un vidrio de oficina pública. Lo trascendente se insinúa en lo ridículo.

Este libro propone, sin solemnidad, una sospecha inquietante: tal vez cada uno de nosotros sea apenas la rama visible de un racimo infinito. Y si así fuera, la pregunta no sería cuál es el verdadero, sino qué hacemos con la versión que nos ha tocado habitar.

El lector tiene ahora ante sí ese racimo. Puede contemplarlo desde lejos, como una curiosidad; puede analizar sus bifurcaciones; o puede, como Artemio, sentir la tentación de saltar sobre él y deshacerlo. Sea cual sea la elección, ya estará inaugurando otra línea posible.

Y en alguna parte —quizás muy cerca— otro lector estará haciendo lo mismo.